lunes, 6 de agosto de 2012

Psicoanálisis en el siglo XXI. Julio Ortega Bobadilla.




El hombre tigre mueve su cola animatrónica repetidas veces esperando que se vea natural y no falle, finalmente se la prueba, ajustándosela al cinturón con los controles que le permitirán utilizarla, a continuación muestra sus dientes afilados como púas ante la cámara que registra sin pausa todos sus movimientos en el día. Él está orgulloso porque su site en Internet ha recibido cerca de mil visitas diarias en los últimos días gracias al video que puso en You tube  promocionando su página web. Cuando se le ocurrió la locura de empezar a transformar su cuerpo, nunca pensó que podría ganar dinero con esto, y ahora está haciendo de sus travesuras, una forma de vida que le permite pagar la hipoteca de la casa y las colegiaturas de sus hijos.
La mujer en algún punto de su proyecto lo dejó. Había aceptado hasta sucambio de color, que se volvió amarilla merced a la tinta que le fueron metiendo en la piel, pero no pudo tolerar que se pusiera en los genitales unos anexos plásticos para resaltarlos. Eso no lo comprendió del todo, y no lo lamenta en absoluto, porque su nuevo look le ha traído muchas admiradoras a través de la red. Por ahora, tiene suficiente dinero para disfrutar de la TV satelital y todos los canales porno, contratar una que otra prostituta, cierto es que no todas toleran estar con él y eso a él no le gusta nada, porque su dinero es tan bueno  como el de cualquier otro.
Su círculo de amigos en Face Book creció aceleradamente y se fue convirtiendo en la clase de persona que siempre quiso ser, alguien que cuenta frente a los demás, sorprende y asusta a algunos: no permanece en la indiferencia. Tampoco se explica por qué alguien lo reportó como un caso de abuso de la red social y ha sido censurado. A la gente le gusta meterse en las cosas de los demás, en lo que no le importa. Regular lo que no tendría por qué ser reglamentado como el fumar marihuana, cuando en realidad se vende libremente alcohol. Él no ha hecho mal a nadie. Son culpables de crímenes, los políticos que promovieron la guerra de Irak o los agentes que se dedican a matar profesionalmente sin hacer preguntas, como Jason de la Supremacía Bourne que renunció a su memoria para ser asesino y el agente 007, que viste impecablemente de smoking siempre que le mete un tiro a cualquiera.
Atrás quedó su infancia difícil, su padre violento, su madre alcohólica y sus hermanos que tuvo que mantener durante su niñez y parte de su juventud. Todo pudo borrarse merced al Dr. Tikoshi que le gusta experimentar y que no teme a la ley, porque lo único que hace es: darle gusto a sus pacientes. Él es feliz si sus pacientes son felices y gana considerables sumas de dinero con eso.
Detesta los recuerdos del trabajo en el supermercado cuidando que la gente no se robe cosas. Las caminatas como idiota a lo largo del almacén sin que el tiempo corriera con suficiente rapidez. Esas espantosas jornadas de 10 ó 12 horas, amenizadas por uno que otro sujeto cogido en el acto de robo, arrastrado luego al cuartito de interrogatorio, y forzado a pagar de alguna manera la mercancía que se había embolsado, o referido a la policía para penar una condena que puede variar de 3 a 5 años.
Él se da cuenta de que ese trabajo era la cosa más estúpida del mundo, porque a fin de cuentas el super market jamás pierde, aún y cuando no cobrase esos robos. Le sorprende que a muchos les parezca loco que haya modificado su cuerpo. Por nada del mundo volvería a ser esclavo, ahora ha encontrado su libertad con este nuevo look y es único en el mundo. Nadie se le compara y él lo sabe. Es cierto que está el hombre – leopardo, la dama - ilustrada, el hombre – calavera, pero pues, son amigos que tienen otros gustos, igualmente respetables y en cierto modo fascinantes. Hay personas que no encuentran la belleza en todas las cosas, los convencionalismos están extendidos por todas partes.
Estas letras son más que un cuento inverosímil, una fábula posible sobre alguno de esos seres modificados que empiezan a poblar el internet, siguiendo la tradición de un arte que viene desde los tiempos de las cavernas y atraviesa las culturas egipcia, euroasiática, polinesia y africana, hasta la japonesa. El tatuaje y el arte de la implantación de piercings se combinaron con la cirugía plástica para dar lugar a las body modifications que fascinan sobre todo a públicos jóvenes y repugnan a los adultos del mundo judeocristiano civilizado e industrial.
Estos personajes que el siglo XIX y XX habría clasificado como locos o piratas, miembros de mafias; encerrado y hasta juzgado, parecen hoy hasta héroes sociales que se creería que desafían al orden burgués y su mundo de valores económico – político, que no ha sido movido antes por las ideas sociales o los proyectos políticos revolucionarios de las generaciones previas al dos - milenio.
No han ido a la universidad. No poseen mayor cultura que la televisión. Y no pretenden ningún cambio social, transformar a la sociedad es más difícil que al propio cuerpo. Sus modificaciones físicas sorprenden porque se trata de cirugías que no se habían realizado antes. Lo más curioso de todo es que podrían impulsar una moda o una tendencia. Si uno piensa en las pelucas del siglo XVII y los talqueados que usaban los lores para parecer elegantes, o los peinados en alto permanente que usaban las señoras bien en los años 60’s, no parece tan increíble que pudiera imponerse ese estilo que ahora se nos hace loco.
Un cuentito de Jeremy Robert Johnson autor de la literatura de ficción bizarra llamado La liga de los ceros destaca cómo esas modificaciones tienen no sólo un público sino un núcleo  social creciente que apunta a volverse dominante una vez que se hayan superado las barreras estéticas actuales, allí se habla de operaciones que van más allá de lo hoy posible: remoción de labios para mostrar siempre una sonrisa, división en tres puntas de la lengua, ojos a los que se les ha removido el iris y finalmente exposición del cerebro sin cráneo.
Me parece que todos ustedes se estarán preguntando: ¿Cómo podría todo esto relacionarse con el tema de nuestra conferencia de hoy?
Bueno, en realidad es muy simple. Se trata de una serie de actitudes sociales, fenómenos culturales que empiezan a afectar nuestra cotidianidad sin que hasta ahora hayan sido tratados por la psicología académica y que han ido sucediendo sin explicación de ningún tipo, como no sea el ocio, o la locura sin más. Y fuera de hechos extraordinarios y aislados, empiezan a imponerse como generalidades y no como hechos de excepción.
Veremos a medida que pase el tiempo, más jóvenes que se modifican el cuerpo en la búsqueda de una identidad especial, un significarse diferente frente al prójimo y no parecerse a nadie más.
Resulta el signo de nuestros tiempos y de lo que vendrá. Conviene pensar cómo es que hemos llegado a este punto.
El psicoanálisis es un invento del borde entre el siglo  XIX y XX, que surgió a partir de una época de represión y rechazo a la sexualidad que devino en el padecimiento de la histeria y sus diferentes variantes. Siendo la última la fóbica o histeria de angustia que ponía al fantasma o la fantasía sobre el hecho traumático como pivote para el abordaje de cualquier discurso del paciente.
Más tarde, estas divisiones serán substituidas para dar lugar a una clasificación más simple que desembocará en la división en: neurosis, psicosis y perversión. Cada una de éstas con su propio mecanismo de formación (represión, forclusión o denegación) que marcaría una regulación subjetiva individual de cada persona con el mundo. Esta forma de contacto sería independiente de aquello que podría llamarse salud mental, dado que el psicoanálisis estaría en otra relación con la enfermedad  psíquica que la psiquiatría, fuera de la catalogación, marginación social, y la vigilancia normativa que impondría un cerco que toma como base una denominación dictada por un sello biológico inamovible que ignora la historia personal de cada paciente.
Freud planteó en El Malestar en la cultura (1929) que las principales fuentes de las que proviene nuestro pesar, son tres: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos ente los hombres en la familia, el Estado y la sociedad (el otro, podríamos decir también).
Son años en que se avecina la segunda guerra mundial, el último de los grandes conflictos armados capitalistas entre potencias que dará lugar a un nuevo equilibrio mundial y a un desarrollo científico técnico que establecerá un lugar diferente para el hombre en relación con la Naturaleza.
Hasta ese momento, la habíamos alterado sin llegar a transformar completamente su esencia y manteniéndonos fuera del desarrollo de capacidades que nos igualaran a la potencia de los dioses. Merced al desarrollo científico en sus derivaciones como la creación y aplicación de una tecnología nuclear, empezamos a incrementar nuestra capacidad de cambiar nuestro planeta.
Adquirimos la cura de enfermedades que antes eran mortales, prevenimos otras que constituyeron pestes y mejoramos nuestra capacidad de producción agrícola e industrial. Sin embargo, hay aún pobres, hambrientos y enfermos por falta de cuidados mínimos.
Aparejadas a éstas transformaciones, se operaron transformaciones en los relatos sociales y los discursos políticos. Entramos en una nueva época que Lyotard denominó Posmodernidad y que se caracteriza por el agotamiento de los grandes relatos de emancipación. Pocos años atrás y culminando con la caída del muro de Berlín, el marxismo aparecía como una promesa social que daría lugar a reglas diferentes que el mercado capitalista y su racionalidad encaminada a la irracionalidad del goce.
El desarrollo de nuestra sociedad evolucionó según Bordieu, a la destrucción de las estructuras colectivas y la aceptación de nuevos ideales que promocionan al individuo sobre la masa en una lógica de aislamiento que supone que no hay más salvación para el sujeto basada en Dios, el proletariado o la emancipación racial. De hecho, este cambio de actitud llevó al franqueamiento de todo límite social y la construcción de una sociedad neoliberal que explota al individuo a gran escala sin pensar en su bienestar.
Es cierto, aparejados a este fenómeno se producen intentos de grupos sociales, desesperados por escapar a este horizonte pesimista, que buscan respuestas en la creación de nuevas religiones o el reavivamiento de los cultos tradicionales, para negar la famosa muerte de Dios, pero sobre todo, para oponerse a las reglas salvajes del mercado.  

El liberalismo llevado a sus últimas consecuencias y que despegó en la era reganiana supuso la desregulación de la economía y la búsqueda de beneficio sin ningún escrúpulo, por parte de los monopolios capitalistas, desechando cualquier beneficio social o medianamente colectivo. Nos empujó a una economía sin sentido, que hace que los países y las personas gasten más de lo que ganan y vivan endeudadas, sin poder salir de sus compromisos y adquiriendo nuevas deudas para pagar las anteriores.
Cómo ha señalado Dany Robert – Dufour en nuestra época, la de las democracias liberales, todo descansa en un presupuesto a fin de cuentas, el del sujeto, y su autonomía económica, jurídica, política y simbólica. Pero al lado de las expresiones más pretenciosas de ser uno mismo, se encuentra la mayor dificultad de poder ser uno mismo y la anulación misma de esa meta tan predicada. Las formas de la destitución subjetiva que invaden nuestras sociedades se revelan a través de múltiples síntomas: la aparición de fallas psíquicas, la eclosión de un malestar en la cultura, la multiplicación de actos de violencia y la emergencia de formas de explotación a gran escala. Todos esos elementos se convierten en vectores de nuevas formas de alienación y de desigualdad.
Son por otro lado, fenómenos fundamentalmente ligados a la transformación de la condición del sujeto que se verifica ante nuestros ojos en las democracias de mercado. "Ser alguien", es supuestamente: "ser uno mismo" y "ser con los otros" parece un obstáculo para lograrlo. La fantasía de que todo lo que uno se proponga se puede alcanzar, es el canon de los sueños que topan con una realidad diferente y muy dura.
Quizá cómo Sloterdijk lo ha señalado, el humanismo de nuestras naciones modernas y el fantasma de comunidad que les subyace, fue siempre una especie de delirio sobre la base de una amistad cultural literaria de patrones burgueses.
Hoy la búsqueda de alcanzar el ideal de goce es la norma. Los límites de la castración social edípica que caracterizaron las generaciones anteriores, se han ido rompiendo para producir un sujeto que ha dejado de ser regulado por el imperativo categórico kantiano y los ideales de la modernidad. Cómo había señalado hace más de 150 años Alexis de Tockeville,  los ideales de la democracia al estilo norteamericano (nuevo imperio social que se asemeja en algunos puntos al romano), suponen la igualdad de todos, pero también el triunfo de las apariencias y el hambre de obtener siempre un status de vida más alto que el del vecino.
Vivimos una nueva época que podría decirse ha rebasado la del sujeto freudiano.
¿Y qué es el sujeto freudiano? Es un sujeto que quiere pero no puede hacer todo, y sobre todo no puede hacer una cosa, cumplir su ideal edípico. Entonces se ve obligado a renunciar (está marcado por la castración), vive de acuerdo con una substracción de goce, que se traducirá en beneficio de lo colectivo. Esto es lo que Freud llama la civilización.
Sin embargo, el nuevo sujeto, diría Dufour, es un sujeto que ya no está marcado por la necesidad de esta substracción; es un sujeto que cree que puede obtener todo lo que quiere en función de lo que Adam Smith llamó la maximización de las ganancias. A partir de entonces es un sujeto que se presenta con una nueva característica, la de ser alguien que busca romper los límites, y por lo tanto entra en otra economía psíquica distinta a la del ser humano moderno que se ve obligado a renunciar a una parte de sus aspiraciones para que lo demás funcione.
Por supuesto, el que eso se convierta en norma, da lugar a un colapso social porque ese ideal es inalcanzable. Claro, todo mundo quiere su propio beneficio sobre el del vecino y no importa los medios que deba usar para conseguir su objetivo. Así sucede que el narco delincuente pueda convertirse, por ejemplo, en un héroe social por encima del ciudadano corriente que cumple las normas de civilidad (lo notamos en el cambio en los gustos populares musicales: los acordes que antes era de nacos, se escuchan como éxitos en la radio). Que en una sociedad como la nuestra, y en ciertas ciudades como la de México, nadie respete las normas de vialidad y tránsito, porque manejar un auto se convierte no sólo en un medio de transporte más cómodo, sino en una experiencia hedonista salvaje y una demostración de poder ante los pobres peatones o el resto de los automovilistas. 
Por un lado, el problema es que sin percibirlo, el lugar de Dios fue ocupado por el mercado capitalista. Nuestras esperanzas de una vida mejor fueron puestas en el seguimiento de las reglas que él impone. Pero justamente esas reglas nada tienen que ver con el beneficio del hombre. El mercado es nada más una simple red de intercambios, un ámbito donde se puede comprar y vender todo, todo es mercancía en el mundo; entonces nuestras leyes e instituciones sociales se convierten en fácilmente prostituibles. 
Se nos ha vendido la idea de que en nuestras sociedades hemos abolido la esclavitud y las formas más feroces de explotación que caracterizaron antes al hombre. Que nuestra sociedad democrática occidental es la única base firme para el beneficio social y que la elección de nuestros políticos dará lugar a una representación de nuestros intereses en los ámbitos de decisión social. Pero, al menos en nuestro país, la clase política se ha divorciado desde hace tiempo del pueblo y sus intereses, promoviendo además que el interés por la participación social se vuelva casi nula en los jóvenes, a menos que sea en dirección de buscar un status de poder. Hemos infantilizado a las nuevas generaciones con la televisión, el Nintendo y la voluptuosidad como norma social.
La verdad es que uno puede comprar una mujer bella, la oportunidad de explotar sin freno la naturaleza y contaminar, órganos, derechos, votos, hasta la posibilidad de cambiar de sexo, clonarse, modificar la estética del cuerpo y muy pronto: embarazarse siendo hombre.
Por otro lado, la ciencia ocupó el lugar de la verdad y se constituyó como único saber válido para el estudio de la naturaleza o del hombre. La distinción cartesiana entre sujeto y objeto, pareció razonable y obvia, hasta necesaria. Único camino para constituir una epistemología que a final de cuentas resulta ingenua pues nuestro conocimiento de la realidad siempre estará basado en ciertos prejuicios y en criterios pragmáticos. El azar y la arbitrariedad se nos hicieron inadmisibles en un mundo reglado por la razón y la búsqueda de significados. Sin embargo, esa fe en la racionalidad y el orden nos llevó a los ideales de la modernidad y éstos desembocaron en una sociedad que no se rige por la sensatez o la justicia.
Las democracias occidentales también han sobreexplotado la naturaleza hasta producir una crisis ambiental que ha provocado un cambio climático que amenaza con destruir nuestro mundo conocido. Se calcula que en unos quince años no habrá más petróleo y la noticia no sería alarmante, si no supiésemos que nuestra civilización – Roberto Bermejo y Luis Tamayo lo han señalado – se basa en el mismo petróleo: el combustible, los derivados plásticos, la ingeniería moderna, y buena parte de los insumos domésticos. Por otro lado, siendo un país petrolero que basa gran parte de su economía en la explotación de hidrocarburos, la perspectiva del futuro es aterradora.
Sigue una época diferente. Ha cambiado, por supuesto, el sujeto psíquico. Y el psicoanálisis contribuyó a ese cambio sin duda, denunciando la represión sexual victoriana, replanteando los principios pedagógicos autoritarios (y por tanto: acelerando la declinación de la autoridad paterna), dando espacio a la voz de la mujer para la creación de una disciplina que le ha puesto en primerísimo lugar en nuestra sociedad.
Quedan restos de la vida cómo la experimentaron las generaciones anteriores. El cambio interior se produce a distinto ritmo que los cambios exteriores, todavía se viven prejuicios victorianos en nuestro siglo. Nuestra sociedad es muchas humanidades a la vez. Pero la pornografía, por ejemplo, está a punto de alcanzar la categoría de arte y ser socialmente aceptable.
El Internet es la muestra de estos cambios subjetivos, porque en su virtualidad y práctica desregulación, se comporta de acuerdo a las reglas del inconsciente. De hecho, es el inconsciente colectivo, no como lo imaginaba Jung obedeciendo a símbolos universales, sino de acuerdo a la lógica de la palabra y la imagen a la manera de Freud y también a la lógica del significante lacaniana. En algún momento, Rank llegó a decir que el cine se asemejaba más que ningún otro producto estético al sueño, bueno, el internet es hoy una formación del inconsciente más, sin duda.
¿Dónde encaja el psicoanálisis en todo esto?
Básicamente en dos razones que quisiera compartir con ustedes.
En primer lugar, siguen una serie de patologías que no tienen como único o siquiera principal resorte a la represión. Vamos a ver cada día más seguido pacientes con modificaciones corporales y organizaciones familiares atípicas que no desean ser Ken o Barbie. No son discursos que vayan a poder ser tratados con la lógica de adaptación que caracteriza buena parte de las terapias psicológicas, porque precisamente va a necesitarse una aproximación no moral sino ética, como la que caracteriza al psicoanálisis.
Personas como el hombre – gato, el hombre – calavera y la mujer – leopardo, así como sexualidades antes consideradas perversas, van a llegar al diván pronto, si no es que algunos ya están en eso. ¿Qué vamos a hacer? ¿Mandarlos con el psiquiatra para que los medique? ¿Hacerles comprender que están locos? ¿Recluirlos en el manicomio? Son personas que rehúyen los caminos tradicionales de la sociedad y que curiosamente empujan a ella en la dirección particular de sus impulsos. No quieren ser adaptadas y más bien transformarán a la sociedad. Por supuesto, sufren como todos y quizá un poco más que los demás aunque les cueste trabajo admitirlo.
Pero en general, esa y la demás gente, va a necesitar más que nunca ser escuchada y decir lo que le pasa, en una sociedad que ha dejado de dar lugar al otro. Quienes no encuentren una respuesta en la religión, la encontrarán con dificultad en la ideología, la tendrán que encontrar en gran parte en sí mismos y el psicoanálisis puede ayudar a muchos a recorrer ese camino. No digo que sea el único y no pretendo que se ofrezca como una alternativa a la religión, una insuperable filosofía o un luminoso discurso de resurrección. Si es un camino para resistir a la destitución del sujeto y su dominio.
En segundo lugar, ante esta realidad, no es el único método posible pero si uno indispensable (podrán agregarse otros saberes, desde luego) para entender lo que está sucediendo actualmente en nuestra sociedad. Conceptos como pulsión, deseo, inconsciente, repetición, síntoma, lógica del significante,  concepción moebiana lacaniana de exterioridad – interioridad como un continuo, pulsión de muerte, irracionalidad, y sexualidad freudiana nos son necesarios para entender la marcha actual de nuestro tiempo. Quizá no para imponer nuevas reglas o planear nuevas formas de intervención social, sería probablemente erróneo tomar ese camino, o por lo menos, debemos ser más que precavidos. Baste con entender un poco… sólo un poco… esta locura que hoy vivimos y la que vendrá después.


http://youtu.be/LJ7zyNnEeyM

Tomado de Carta Psicoanalítica No. 15.

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